Categoría: Arquitectura & Urbanismo , 31 Julio, 2017

La metáfora en la arquitectura (o la fiesta del sol sobre los materiales)

La metáfora en la arquitectura (o la fiesta del sol sobre los materiales)

Por el Arq. Facundo Baudoin


Debe haber pocas cosas tan necesariamente estériles como el deseo. El deseo es el germen de la belleza, de lo no alcanzable, de lo indescifrable. Como refiere Jorge Luis Borges en “La muralla y los libros”, este deseo se conjuga en ese instante en el que se produce casi una revelación del significado de lo hermoso, pero que como en las olas a punto de estallar, no se da pues se agota sobre sí mismo.  

En su significado antiguo, el deseo está referido a lo carnal bajo la imagen del dios griego Adonis. Ya el filósofo Platón vio en sus fiestas el significado estéril de lo efímero que se contraponía a la antigua alimentación de la tierra agrícola. Ese deseo sin más era un rito que rompía con el orden establecido y que venía motivado por lo más primario de los sentimientos. Era la fiesta en la que todo se entremezcla. 

Las fiestas de Adonis devolvieron a las mujeres el lenguaje del deseo. Valiéndose de un recurso poético que en su práctica se volvió más espacial que verbal, las celebraciones recurrían a la potencialidad de la metáfora, figura en la que todo se une  por encima de las partes y donde el significado espacial se amalgama en una unísona imagen. 



Pero adentrándonos a nuestra disciplina, Schopenhauer decía: “La arquitectura es una música congelada”. Una frase que conjuga simultáneamente espacio y tiempo, ritmo, orden, materiales. Ya no solo involucra al propio lenguaje, involucra al lector y la calidez o frialdad de su memoria prefigurando por ejemplo la edificación hecha y detenida en una sola nota; en un instante magnífico del sonido hecho material, en el hombre, su mirada y, dentro de él, el sonido.

Pero ese instante visto en el lenguaje de la arquitectura se descubre en la fiesta de cada amanecer; y es que “el sol nunca supo de su grandeza hasta que no incidió sobre la cara del edificio” (Louis Kahn). Los materiales nunca se reunieron todos para ver pasar en ese efímero momento, y la metáfora promovida por el proyecto se conjugó con su entorno, con la luz derramada por la miel de una ventana, con la lluvia mojada sobre la ahora roja arcilla del aljibe del patio. Y así en un segundo desaparece nuevamente el solsticio hasta ese otro nuevo amanecer.  

Esa es la fiesta de la metáfora en la arquitectura. Es la fiesta del deseo del ser de la materia en la que el ladrillo deja de serlo para, junto con el concreto y la madera, convertirse en el  recreado  hogar hecho chimenea. Es la fiesta en la que también el rito efímero de poner la mesa se tiñe de profundos olores, de largas y pequeñas tertulias, de cócteles derramados que a la luz del atardecer anticipan la entrada de un nuevo día. 


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